La República del Saber es una iniciativa social que lucha por sustituir la propiedad intelectual por un sistema más justo para recompensar el trabajo de los intelectuales, artistas y científicos.
Tras una corta vida, las leyes de propiedad privada y excluyente sobre las ideas se han demostrado inoperativas y antisociales, sobre ellas se alzan día a día innumerables injusticias que causan un daño irreparable a la Humanidad. La propiedad intelectual se usa para limitar la libertad de expresión, el derecho a la información, la creatividad, la libre competencia, incluso se usa para limitar el derecho a la vida.
La propiedad intelectual es el nuevo "mantra" que los "simonitas" usan en todo momento para proteger y aumentar sus prebendas, regalías, patentes y monopolios. En apariencia, todo se hace para proteger los intereses de los intelectuales, pero los sabios son los que menos ganan en este juego (en EE.UU., por ejemplo, un científico puede ser despedido al día siguiente de inventar un gran fármaco: la patente pertenece al empresario al que le rentará 90 años mientras el creador se muere de hambre).
La propiedad intelectual ataca la base sobre la que el ser humano alza la sociedad y su propia supervivencia como especie: el conocimiento no se consume con el uso, ni se destruye, compartirlo fortalece a todos y beneficia a la Humanidad en su conjunto, sobre el conocimiento se sustenta toda esperanza de un futuro mejor. El problema es encontrar y proponer un sistema que premie a los trabajadores del saber, a los sabios, para que pudiendo vivir de su trabajo no impida que el resto pueda aplicar ese mismo saber en su vida cotidiana o en su trabajo. Existe esa solución y luchamos por promocionarla a pesar de las enormes trabas que los carteles monopolistas levantan contra nosotros. La propiedad intelectual no es la única fórmula para premiar el trabajo intelectual y, por ende, quizá sea la más injusta y absurda de todas.
Tras una corta vida, las leyes de propiedad privada y excluyente sobre las ideas se han demostrado inoperativas y antisociales, sobre ellas se alzan día a día innumerables injusticias que causan un daño irreparable a la Humanidad. La propiedad intelectual se usa para limitar la libertad de expresión, el derecho a la información, la creatividad, la libre competencia, incluso se usa para limitar el derecho a la vida.
La propiedad intelectual es el nuevo "mantra" que los "simonitas" usan en todo momento para proteger y aumentar sus prebendas, regalías, patentes y monopolios. En apariencia, todo se hace para proteger los intereses de los intelectuales, pero los sabios son los que menos ganan en este juego (en EE.UU., por ejemplo, un científico puede ser despedido al día siguiente de inventar un gran fármaco: la patente pertenece al empresario al que le rentará 90 años mientras el creador se muere de hambre).
La propiedad intelectual ataca la base sobre la que el ser humano alza la sociedad y su propia supervivencia como especie: el conocimiento no se consume con el uso, ni se destruye, compartirlo fortalece a todos y beneficia a la Humanidad en su conjunto, sobre el conocimiento se sustenta toda esperanza de un futuro mejor. El problema es encontrar y proponer un sistema que premie a los trabajadores del saber, a los sabios, para que pudiendo vivir de su trabajo no impida que el resto pueda aplicar ese mismo saber en su vida cotidiana o en su trabajo. Existe esa solución y luchamos por promocionarla a pesar de las enormes trabas que los carteles monopolistas levantan contra nosotros. La propiedad intelectual no es la única fórmula para premiar el trabajo intelectual y, por ende, quizá sea la más injusta y absurda de todas.